La soledad del nadador

Bastien Vivès: El gusto del cloro. Diábolo Ediciones, Madrid, 2009. Cartoné. 19x28cm. 135 páginas. Color. ISBN: 978-84-936764-8-3

La realidad es más amarga de lo que nos gustaría. En la vida las cosas no salen como uno quisiera. No obstante, cada uno aprende de cada error e infortunio que vive. Podrían ser éstas unas de las primeras reflexiones que haríamos al terminar de leer El gusto del cloro de Bastien Vivès. El autor nos muestra una historia sencilla, donde un protagonista sin nombre aquejado de escoliosis es obligado por su fisioterapeuta a asistir regularmente a la piscina. El autor parisino estructura una historia del enamoramiento entre el chico protagonista y una nadadora que acude todas las semanas a hacer unos cuantos largos.

Gracias a esta obra, Vivès fue galardonado con el premio al mejor artista revelación en el festival de Angoulême. Posteriormente, publicaría La bouncherie (Ed. Vraoum, 2008) y recientemente Dans mes yeux (Kstr/Casterman, 2009). En estas obras, que no han sido aún publicadas en España, también aborda las relaciones de pareja. El amor y los problemas sentimentales parecen ser de uso recurrente en sus trabajos. No obstante, subyacen otras ideas, más allá del amor, tras las vivencias de ese personaje que intenta desesperadamente nadar correctamente en la piscina. La idea del amor, efectivamente, está presente, pero en concordancia con otras dos: la ruptura de la soledad personal y la autosuperación.

Primero y ante todo, hay que remarcar el desconocimiento absoluto por parte del lector sobre los protagonistas. Aparte de la falta de conocimiento del nombre, tampoco se conoce la historia personal de cada uno. Sólo se conoce el padecimiento de la enfermedad de la escoliosis por parte del protagonista masculino y que la protagonista femenina fue en su día una nadadora profesional. Además, Vivès introduce dos maneras aparentemente contrarias de narrar que no permiten deducir nada de lo que hay detrás.

El autor alarga las acciones de la pareja protagonista, tanto juntos como por separado, a lo largo de una infinidad de viñetas, que en muchos casos recuerda a una sucesión de fotogramas o fotos fijas sacadas en muy poco tiempo. Esto se contrapone al sentido narrativo de la historia. Las acciones se cuentan en un principio de manera lineal (si bien es cierto que hay dos epílogos que nos retrotraen a momentos anteriores de la historia), aunque con saltos en el tiempo. Se salta entre los miércoles que va a nadar y sus sesiones fisioterapéuticas. Con lo que, usando la elipsis, suprime lo que ocurre el resto de la semana. Se concluye, entonces, que lo realmente importante es lo que acontece dentro de la piscina y, sobre todo, dentro del agua. El autor desea que el lector se identifique únicamente con ello, no con el trasfondo. Si a esto se le añade el uso constante de planos subjetivos, mediante los que parece que es el lector quien mira las cosas por los ojos del protagonista principal, Vivès está claramente intentando introducir al lector pasivo dentro del relato.

De esta manera, buscando la identificación con el chico, propicia la asimilación de su estado psicológico. Desde un primer momento se señala la soledad del protagonista. El hecho de que Vivès opte por eliminar los fondos por colores homogéneos, sin ninguna gradación, lleva a una imagen aislada del personaje en la propia viñeta, acentuando así su soledad. En las primeras páginas en las que el joven abandona la consulta de su médico, la puerta se cierra tras de él y se encuentra parado ante una mancha negra que parece cernirse sobre él. No se muestran componentes lógicos de esa escena, como la propia pared o la puerta que acaba de ser cerrada. Más que parado ante la nada oscurecida, se podría decir que flota en una indeterminación del espacio. Este hecho se refuerza mediante la conversación que tiene por el móvil, dado que el protagonista no consigue que su interlocutor acuda con él a la piscina.

La idea de la soledad es constante durante toda la historia. Es un relato de ruptura de barreras, no sólo físicas, sino también personales. La primera vez que acude a la piscina, por ejemplo, le resulta muy difícil relacionarse con alguien. Vivès establece una serie de viñetas en las cuales el protagonista no comparte plano con ninguna de las otras personas que se encuentran en la piscina. El joven, sin saber qué hacer y sin poder nadar muy bien, intenta acudir hacia los extremos de la piscina donde se encuentra la gente. Ése es el único momento en el que comparte una viñeta con otros nadadores, no obstante, en seguida vuelve a quedarse solo. Además, en sus primeros días de natación es incapaz de nadar en la misma dirección que los demás usuarios de la piscina. Se enseña así su imposibilidad para ser parte de la sociedad. En este primer día de natación, aunque es una constante durante todo el álbum, predominan los planos generales y picados del protagonista, sobre todo cuando se encuentra dentro del agua, que nos enseñan la pequeñez del personaje y su fragilidad.

A medida que el tiempo pasa comienza a saborear el gusto de ir a la piscina, tal y como comenta el protagonista en el primer epílogo. Entonces, se percibe mejor otro elemento que el creador del cómic había colocado ahí y que parecía desapercibido: el color del agua. Recurre a un color monocromo de nuevo, en este caso aguamarina, para pintar el agua. No obstante, en este caso no pretende aislar a los personajes como hacía antes, sino que quiere crear un entorno de refugio para ellos. Los objetos, las personas, las paredes, las baldosas e incluso las líneas que delimitan las viñetas son dibujadas, aparentemente, mal. Como si las formas hubiesen sido trazadas con mucha velocidad y no fuesen de importancia. Obviamente, esto no es así. Vivès contrapone esas líneas mal dibujadas con el recurso monocromático en el agua. En ésta los fondos desaparecen, no se perciben rectas y no se perciben curvas. Las formas humanas también pierden sus rasgos y, además, se oscurecen. Sólo unas pequeñas líneas cinéticas blancas, que se producen cuando los personajes nadan, rompen la homogeneidad de la imagen.

La idea de refugio se construye cuando se percibe la relación entre todos los elementos curvilíneos y la enfermedad del protagonista. La escoliosis produce una desviación en la columna vertebral, deformándola. La realidad, al igual que la columna del chico, está llena de curvas que deberían ser rectas. El hecho de acudir a la piscina, no sólo es beneficioso para él sino que, además, como ya hemos comentado, la realidad se altera y las líneas desaparecen por completo, creando un sitio donde el protagonista es exactamente igual a los demás personajes.

Pero para que el chico se sienta a gusto en ese entorno necesita algo más. El punto de inflexión llega cuando conoce a la protagonista femenina. Lo que en un comienzo suponía un suplicio para el chico, acaba siendo un placer porque tiene leivmotiv: la coprotagonista. Desde su aparición, se la dibuja en muchas ocasiones mediante planos contrapicados para dar sensación de superioridad, sensación de elemento que se desea conseguir y, siempre, de una manera más estilizada que a los demás personajes. Es entonces cuando comienzan a romperse o, por lo menos, ha difuminarse las barreras de la soledad. Comienza a haber planos conjuntos dentro del agua, por ejemplo, en las ocasiones que el chico y la chica nadan juntos.

La ruptura completa de la soledad y la consecución de la autosuperación de sus límites ocurre en el fin del álbum. El chico pierde su motivo para seguir yendo a nadar, dado que algunas semanas la protagonista deja de ir a la piscina. Aun así, el chico continúa yendo y nadando. Es entonces cuando Vivès cambia la composición de las viñetas y comienza a dibujar unas en las que el chico comparte plano con otros nadadores y nada en la dirección correcta sin chocarse con nadie. Más aún: consigue hacer un largo bajo el agua, haciendo completamente añicos sus limitaciones. Para lograrlo no necesita a la chica, no necesita demostrar nada, lo hace por sí mismo.

Cuando sale del agua, en la última viñeta antes de los epílogos, el chico se encuentra frente a frente con el lector que le mira. ¿Pero, a través de qué ojos? Se podría pensar que es un plano subjetivo de ella. Hecho que justificaría el segundo epílogo y lo que, sin ningún globo de diálogo, vocaliza bajo el agua la protagonista, lo que para ella es lo más importante del mundo y por lo que moriría. Quizá vocaliza lo siguiente, en francés claro: “L’amour”. Esto es sólo especulación, la realidad queda en la mente del joven Vivès.

(Trabajo para Cómic y Narración Gráfica)

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