Archive for the ‘Reflexión / Hausnarketa’ Category

Cosas de la vida

Sujeto A: Hola
Sujeto B: Hola, ¿qué hay?

A: Bien, aquí, sin más.
B: Te quería comentar una cosa.

A: Dime.
B: Te quería decir que me caes de puta madre.

A: Ah, vale. Gracias.
B: Sí, tío. Me gusta mucho que seas crítico con lo que te parece inadecuado. Sobre todo, me gusta tu sinceridad.

A: Entonces, te tengo que decir una cosa. Pienso que habitualmente patinas.
B: ¿Cómo?

A: Sí, que eres un inútil. Que crees que haces las cosas bien pero la lías.
B: Bua, me decepcionas. No me esperaba algo así de ti. No eres como yo pensaba. Estás muy equivocado, no quiero saber nada más de ti.


Cosas de la vida.

Jueves, diciembre 9th, 2010

Infinidad

“Me pareció oír el grito susurrado: ¡El horror! ¡El horror!”. Así fue como Marlow compartió los últimos momentos de Kurtz después de haber viajado por serpenteantes ríos, atravesado el oscuro corazón africano y haber padecido calor y hastío. Después de todo aquello, resultó que el hombre al que buscaba, el hombre que justificaba su viaje, había muerto. Mientras Kurtz exhalaba su último aliento, Marlow pudo haber pensado que su recorrido había sido baldío, vacío o que, quizá, llegados a este punto, su vida no tenía sentido alguno. Que su destino y su viaje habían sido, cuanto menos, absurdos. Pudo haber pensado entonces, cuando alzó la vista y miró alrededor; o cuando la desvió hacia el cielo para ver la tenue luz de la luna, que él no era un héroe literario. Que no tenía sentido que alguien relatase una travesía estúpida como aquella. Pudo haber imaginado, del mismo modo, que personas como el náufrago Crusoe, el atormentado Frankenstein, un enamorado Jonathan Harker, un aventurero llamado Sinbad o simplemente un anciano marinero, tendrían una historia más enriquecedora que contar. Pudo haberlo pensado. Pudo haberlo imaginado, pero quién sabe si lo hizo.

La luz intentaba abrirse paso por las raídas cortinas de felpa que eran lo único que separaba el mundo salvaje, agreste y urbano al mismo tiempo, del habitáculo. El señor Lugan dormía en una pose un tanto extraña. Un pequeño maletín reposaba sobre sus rodillas y, encima, descansaba su pelirroja cabeza. No parecía el comerciante que afirmaba ser; no parecía para nada un vendedor de automóviles. Viajaba en el tren con el objetivo de entrevistarse con la compañía más grande del mercado. Su meta era fusionarse con ella y poder comprar unas pieles que harían feliz a su mujer. “Todo sea por complacer a la familia”, solía decir con una sonrisa, enseñando su amarillenta dentadura.

La luz había desistido en su empeño. Ya no luchaba con las polvorientas cortinas, así que las aparté y observé el paraje más desolador que jamás he visto. Había comenzado a llover. Poco quedaba para llegar a nuestro destino. Los edificios se observaban a kilómetros de distancia. Las chimeneas de ladrillo doblaban en altura al edificio de mayor envergadura. Eran moles de piedra que deseaban abalanzarse sobre nosotros. La oscuridad de las nubes cada vez me asustaba más.

Empecé a sudar y deseé que el señor Lugan despertase de sus ensoñaciones para que me ayudase en mi pesadilla. Deseé que hubiese corrido las cortinas y hubiese apartado de mí esa desoladora visión. No podía dejar de mirar, era como mirar al vacío desde un altura pronunciada. No se veía el fin. Edificio tras edificio, y con ellos, vidas innumerables. Historias de todo tipo. Viajes en abundancia. Muchas por cada bloque de hormigón. Demasiadas.

La lluvia se hizo cada vez más intensa. Parecía que el cielo iba a tragarse todo aquel desolador paisaje. Ojalá lo hubiera hecho.

Mi compañero de habitáculo despertó justo antes de que aquella oscuridad me tragase a mí también. Posó su mano izquierda en mi hombro y consiguió liberar mi mente. Conseguí apartar la mirada, para dirigirla al suelo después. Allí estaba el libro que había estado leyendo. Lo recogí y froté con mis manos su portada. El corazón de las tinieblas ponía en relieve. Miré a mi recién conocido amigo y pensé si no era él una versión menos oscura de mí. Un hombre que conocía mis más oscuros sufrimientos y al que no necesitaba contar nada. Consideré, a su vez, que la historia de un vendedor de autos no era una historia tan común como podía haber pensado, y que todas aquellas historias que habitaban en los bloques de hormigón, esas historias a las que yo tenía tanta aversión, tenían un lugar en este mundo, en este paisaje. Que eran un paso en un viaje.

Habíamos llegado y no me había dado cuenta. El señor Lugan bajó antes que yo del tren y se despidió no sin antes recomendarme unas buenas cafeterías de la ciudad. Eran tres los escalones que abrirían el paso de una nueva vida. El primero lo bajé con facilidad. Al posar el pie en el segundo noté la lluvia en mi cara. Al llegar al tercero me dispuse a completar mi viaje y afrontar mis miedos. Llegué al andén y susurré: “¡El horror! ¡El horror!”.

Lo siguiente que recuerdo es cómo me adentré en las oscura vida de Manchester. En un nueva aventura en el viaje de la vida. Un viaje en soledad, a través de Gran Bretaña, para encontrarme a mí mismo. Un viaje que quizá no merezca ser relatado.

Domingo, diciembre 5th, 2010

Potenciar

Yo era un zote en matemática. Recuerdo que el primer semestre de 2º de Bachiller en la ikastola obtuve un 0 como una casa en esta asignatura. Así que, muy prudentemente, me apunté durante las navidades a una academia que me había recomendado una amiga. Y en la recuperación saqué un 10, que contabilizó como un 9, porque era una recuperación, precisamente. A partir de aquel momento, empecé a entender mejor las mates, con la ayuda de la academia claro, y percibí que el profesor me hacía más caso y estaba más dispuesto a ayudarme que cuando sacaba 0.

Y ahora que lo recuerdo, pienso que hubiese sido más productivo que hubiese invertido en mí el tiempo cuando no entendía las operaciones nunca, que no cuando las comprendía casi siempre. A parte del dinero que me hubiese ahorrado en la academia, creo que hubiese sido un trato mucho más equitativo por su parte para con todos los alumnos. Y he aquí donde viene mi reflexión.

La persona tiene una potencialidad que puede desarrollar (o no). A algunos les cuesta más desarrollarla y a otros menos. Me parece un contrasentido ayudar al que le es fácil y putear al que lo tiene difícil. ¿No es mejor ayudar al que saca un 3 a que saque un 5; en vez de colaborar a que el que saque un 9, saque un 9,5?

Si logramos que los que ya están potenciados (incluso por sí mismos) sean todavía mejores creamos una brecha en la sociedad que me acojona. Los mejores, si tan buenos son, serán capaces (sí quieren y sin que nadie les presione para ello) de llegar hasta donde quieran. Qué ganas de hacer superhombres tiene la gente, hostia.

¿Pero a que es guay ser el mejor y estar entre los mejores, eh? No te jode… Odio la educación que he recibido y la que todavía se fomenta por ahí, hasta en ámbitos universitarios.

Miércoles, octubre 27th, 2010

Adolescencia literaria

En el examen de Selectividad de Lengua y Literatura del año 2006, cuando la hice, para realizar el comentario de texto nos pusieron un artículo de opinión de Juan Manuel de Prada (si no recuerdo mal) que hablaba sobre El Libro. Venía a decir que la gente que decía que no le gustaba la lectura lo decía debido a que no había encontrado Ese Libro que te abre las puertas a un mundo mayor. Ese Libro que puede llegar a convertirse en tu libro favorito y que es el comienzo de otros muchos libros.

A mí me pasó y a otros conocidos también. El mio no fue un gran y reconocido libro, pero fue un relato que en aquella época, cuando tenía unos catorce años, me fascinó. Se trata de Un viejo que leía novelas de amor de Luís Sepúlveda. De su mano vino otro libro: Rebelión en la granja de George Orwell y también Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez. Y luego tres de Hermann Hesse: Siddhartha, Mi credo y Demian. También hubo obras en euskera como Ehun metro de Ramón Saizarbitoria y Soinujolearen Semea de Bernardo Atxaga. Todo ello derivó, ya con diecisiete años, en La Peste de Albert Camus y El Evangelio según Jesucristo del recién fallecido nobel José Saramago.

Recuerdo los libros porque, aunque en esa época también leí otros, son ésos los que conformaron mi adolescencia literaria. Los que aportaron cierto tipo de valores a mi personalidad, para bien o para mal.

Pero también es cierto que otros se quedaron por el camino como El guardián entre el centeno de Jerome David Salinger, La genealogía de la moral de Friederich Nietzcshe (muy de moda en aquélla época, creo recordar), Cien años de soledad también de Márquez, Walden Dos de Burrhus Frederic Skinner y Un mundo feliz de Aldous Huxley.Digo que se quedaron en el camino en esa época, porque con el tiempo los he ido leyendo.

La presente reflexión viene motivada, precisamente, porque estoy deleitándome con la citada obra de Husley y aunque creo que es una auténtica genialidad, no me hace sentir la misma pasión y fascinación que aquéllos que leí cuando era un pubescente. Lo mismo me ocurrió cuando leí, el pasado año, El guardián entre el centeno. Me pregunto si efectivamente hay una lectura para cada momento de la vida o todo transcurre en función al estado de ánimo de cada uno. Por eso, cuando eres adolescente y tienes las hormonas revolucionadas y piensas que todo gira en torno a ti, aquello que lees también crees que habla sobre tu persona.

No lo sé. Sea como sea, creo que el ser humano tiene demasiado poco tiempo para disfrutar de tantas obras bellas.

Domingo, agosto 1st, 2010

Hoguera de San Juan

He estado viendo con un amigo una hoguera de San Juan. Hablando de lo humano y lo divino, he recordado cómo echábamos a esas mismas hogueras los apuntes del curso y cómo desaparecían para no verlos nunca más, entre el humo y las cenizas. Ojalá, la mala hostia pudiese desaparecer así de fácil.

Jueves, junio 24th, 2010

Élites académicas

Llevo tiempo pensando en la que podríamos llamar élites académicas (de otra manera me curtirían el lomo y yo soy un cobarde). Cuando era considerablemente más joven, ya percibía cómo a mi entorno se generaban esos grupitos selectos que nunca he llegado a comprender demasiado bien.

Imaginaos que vuestro colegio decide organizar un periódico escolar. Para la conformación del grupo de redactores no hay ningún tipo de requisito, es decir, es abierto a todo el mundo, y desde dirección o desde el órgano correspondiente se hace un llamamiento a todos los alumnos para que participen en él. Se apunta quien sea, los tontos, los listos, los más capaces, los menos capaces y los que no destacan ni por buenos ni por malos, los normales, y el proyecto (o lo que sea) echa a andar. No obstante, los alumnos no pueden ser quienes manden sobre él, sino que al ser un trabajo académicamente dirigido son los profesores quienes tiran del carro y deciden la dirección.

En ese proceso, se crea un subsistema de relaciones que va más allá de lo que la lógica del colegio establece. Es decir, dentro del alumnado hay un subgrupo que realiza trabajos extra académicos y que tiene una relación distinta con los profesores. Al no ser un trabajo para nota, los lazos que se establecen no son de maestro-alumno, sino que podría decirse que son de amistad (dentro de los límites que pueda marcar la diferencia de edad entre unos chavales de 15 y otros de 35). Con lo cual se rompen los citados lazos, y de una manera o de otra repercuten sobre la vida en clase. Es inevitable.

El profesor conoce en profundidad a los alumnos y comienza a valorarlos en función a sus valores personales y no académicos. El problema está, precisamente, cuando se sustituyen los primeros por los segundos. Lo que hayas estudiado o no, deja de importar (en cierta medida; tampoco digo que les aprueben con examen en blanco).

Y todo se acentúa cuando unos u otros, profesores o alumnos, llevan esa relación personal más allá del subsistema que han creado dentro de las aulas y la sitúan fuera. Llevando a cabo actividades lúdicas, como ir a tomar un pote.

Hace poco una compañera de universidad me comentaba que el hecho de que yo no quisiese que algunos profesores viniesen a nuestra cena de gala celebrada con motivo del fin de la licenciatura, se debía a que yo representaba un estereotipo infantil, de aquél que por el mero hecho de ser alumno tenía que odiar a los profesores (era más o menos así, no recuerdo con exactitud).

Nada más allá de la realidad. El meter a un profesor en mi tiempo de ocio, sería compartir con él momentos no procedentes en mi vida. Sería destruir el estatus de cada uno y ponernos al mismo nivel, de la misma manera que se destruye dentro de las élites. E, incluso, siendo beneficioso para mí, no lo aceptaría. Es más, me da asco. Por eso, cuando algún profesor en la universidad me ha instado participar en el grupo A de nosequé o en el grupo B de nosecuál, siempre he pensado lo mismo: odio esos putos grupos de élites académicas.

Domingo, junio 20th, 2010

Fuerza y Honor

Según parece varios de mis compañeros de universidad han sentido la necesidad de hacer una reflexión sobre los cuatro años de nuestra carrera (ver post de Jokin aquí y la de Amaia aquí). Esto se acaba señores y se acaba después de cuatro años de muchísimas risas, algún que otro cabreo y más de dos momentos frustrantes (aún hoy).

Si bien sigo pensando que tener una carrera está completamente sobrevalorado (y ahora que la termino, estoy aún más convencido de ello), si echo la vista atrás recuerdo clases en las que aprendí mucho (sobre todo en el primer curso), luego otras que considero que no han servido para nada y, por fin, las mejores: aquellas que han podido servir más o menos pero que el ambiente en clase o con el profesor han hecho que me lo pase de puta madre.

Quiero terminar la puta carrera, porque no aguanto un solo minuto más estar en esa cosa llamada HUCO, que sinceramente sirve para bien poco (en lo que se refiere al mundo laboral, por lo menos). Emulando a Amaia en un momento de sinceridad motivado por el alcohol: HUCO bai ala HUCO ez? Yo me quedaría con la segunda opción.

No obstante, y he aquí mi pena, sí que continuaría 10 años más en la carrera para seguir con los momentos mágicos que hemos tenido. Si tuviese que elegir uno de este semestre, me quedaría con los trabajos de grupo en la pecera de la biblioteca oyendo canciones que ya se han vuelto míticas para mí y echando alguna que otra risa.

Pero si tuviese que elegir una de los cuatro años, elegiría las veces en que algunos hemos participado en las multi-conversaciones del Messenger el día antes de entregar un curro, que luego aprobaríamos, mientras en mi reproductor sonaba la banda sonora de Galdiator, música indispensable para esos momentos (recuerdo con especial cariño lo ocurrido con los curros de Arte, justo antes del día de examen. Ahí sí que limamos, señores).

Espero que ahora que se cierra una, pero se abre otra etapa de nuestras vidas, aquellos que hemos conseguido cierto nivel de complicidad sigamos viéndonos las caras. Y os digo, como solíamos decirnos con anterioridad en periodo de exámenes: Fuerza y Honor.

‘Gladiator’ B.S.O. – ‘Now we are free’

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Jueves, mayo 27th, 2010

Epifanía nº1

El otro día me emborraché. Sí, no lo niego. Y además de emborracharme, según me cuenta un amigo que me llamó, me debí de poner muy pesadito. No me acuerdo de muchas cosas, pero sí recuerdo algo en lo que no he podido dejar de pensar, una especie de revelación: tener una carrera universitaria está sobrevalorado. No digo que el que sea médico cardiovascular no tenga que estudiar como un cabrón (lo que no significa que sea un empollón y que lo aprenda sin entender nada, que de esos también hay). A lo que vengo, no sé si es por la tipología de mi carrera, si es algo que le ocurre a todo el mundo o si, por el contrario, es que tengo vértigo a licenciarme y a verlas venir -¿Un master?, ¿Encontrar curro?. Joder, qué miedo-, pero estoy bastante desencantado en este momento.

La cuestión es la siguiente, he comentado con gente que se ha licenciado en el campo del periodismo y comentaba que cuando realmente aprendes el medio (sea cual sea) es cuando trabajas en él. Hecho que, con mi breve experiencia, constato. Asimismo, en el campo de las Humanidades, me he dado cuenta que sólo he ampliado conocimientos que ya tenía. Ya sea en las distintas asignaturas de Historia o en Filosofía, entre otras, tengo la sensación de únicamente haber redondeado aquello que estudié en Bachiller. Quizá, aquellas asignaturas donde he estudiado el origen de los medios o el ir y venir de la opinión pública, así cómo los códigos deontológicos de la profesión, hayan sido las materias en las que sí he visto llenas mis ansias por algo nuevo.

A tres meses de licenciarme, me preocupa de sobremanera que estos últimos cuatro años hayan sido una pérdida de tiempo -académicamente hablando, nunca en términos de amistad, donde sí que han sido excelentes-. Tengo amigos que dicen que los años de universidad son los mejores de nuestra vida, donde sales y te emborrachas (como yo el viernes), follas como un loco (y tal) y sobre todo te lo pasas bien. Yo la impresión que tengo es que he estado currando como un hijodeputa y ahora dudo, incluso, de todo lo estudiado. Tengo unas ganas increíbles de acabar y de pasar a otra cosa mariposa. Ahora me enfrento a un nuevo panorama donde necesito ampliar mi educación a causa de estas limitaciones. No sé si pasado mañana pensaré de manera distinta, debido quizá a que me encuentre más animado, pero estoy preocupado.

Os dejo con Ismael Serrano, que me anima bastante, y con su Casandra, quién pudiese ver el futuro:

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Lunes, marzo 22nd, 2010