“Me pareció oír el grito susurrado: ¡El horror! ¡El horror!”. Así fue como Marlow compartió los últimos momentos de Kurtz después de haber viajado por serpenteantes ríos, atravesado el oscuro corazón africano y haber padecido calor y hastío. Después de todo aquello, resultó que el hombre al que buscaba, el hombre que justificaba su viaje, había muerto. Mientras Kurtz exhalaba su último aliento, Marlow pudo haber pensado que su recorrido había sido baldío, vacío o que, quizá, llegados a este punto, su vida no tenía sentido alguno. Que su destino y su viaje habían sido, cuanto menos, absurdos. Pudo haber pensado entonces, cuando alzó la vista y miró alrededor; o cuando la desvió hacia el cielo para ver la tenue luz de la luna, que él no era un héroe literario. Que no tenía sentido que alguien relatase una travesía estúpida como aquella. Pudo haber imaginado, del mismo modo, que personas como el náufrago Crusoe, el atormentado Frankenstein, un enamorado Jonathan Harker, un aventurero llamado Sinbad o simplemente un anciano marinero, tendrían una historia más enriquecedora que contar. Pudo haberlo pensado. Pudo haberlo imaginado, pero quién sabe si lo hizo.
La luz intentaba abrirse paso por las raídas cortinas de felpa que eran lo único que separaba el mundo salvaje, agreste y urbano al mismo tiempo, del habitáculo. El señor Lugan dormía en una pose un tanto extraña. Un pequeño maletín reposaba sobre sus rodillas y, encima, descansaba su pelirroja cabeza. No parecía el comerciante que afirmaba ser; no parecía para nada un vendedor de automóviles. Viajaba en el tren con el objetivo de entrevistarse con la compañía más grande del mercado. Su meta era fusionarse con ella y poder comprar unas pieles que harían feliz a su mujer. “Todo sea por complacer a la familia”, solía decir con una sonrisa, enseñando su amarillenta dentadura.
La luz había desistido en su empeño. Ya no luchaba con las polvorientas cortinas, así que las aparté y observé el paraje más desolador que jamás he visto. Había comenzado a llover. Poco quedaba para llegar a nuestro destino. Los edificios se observaban a kilómetros de distancia. Las chimeneas de ladrillo doblaban en altura al edificio de mayor envergadura. Eran moles de piedra que deseaban abalanzarse sobre nosotros. La oscuridad de las nubes cada vez me asustaba más.
Empecé a sudar y deseé que el señor Lugan despertase de sus ensoñaciones para que me ayudase en mi pesadilla. Deseé que hubiese corrido las cortinas y hubiese apartado de mí esa desoladora visión. No podía dejar de mirar, era como mirar al vacío desde un altura pronunciada. No se veía el fin. Edificio tras edificio, y con ellos, vidas innumerables. Historias de todo tipo. Viajes en abundancia. Muchas por cada bloque de hormigón. Demasiadas.
La lluvia se hizo cada vez más intensa. Parecía que el cielo iba a tragarse todo aquel desolador paisaje. Ojalá lo hubiera hecho.
Mi compañero de habitáculo despertó justo antes de que aquella oscuridad me tragase a mí también. Posó su mano izquierda en mi hombro y consiguió liberar mi mente. Conseguí apartar la mirada, para dirigirla al suelo después. Allí estaba el libro que había estado leyendo. Lo recogí y froté con mis manos su portada. El corazón de las tinieblas ponía en relieve. Miré a mi recién conocido amigo y pensé si no era él una versión menos oscura de mí. Un hombre que conocía mis más oscuros sufrimientos y al que no necesitaba contar nada. Consideré, a su vez, que la historia de un vendedor de autos no era una historia tan común como podía haber pensado, y que todas aquellas historias que habitaban en los bloques de hormigón, esas historias a las que yo tenía tanta aversión, tenían un lugar en este mundo, en este paisaje. Que eran un paso en un viaje.
Habíamos llegado y no me había dado cuenta. El señor Lugan bajó antes que yo del tren y se despidió no sin antes recomendarme unas buenas cafeterías de la ciudad. Eran tres los escalones que abrirían el paso de una nueva vida. El primero lo bajé con facilidad. Al posar el pie en el segundo noté la lluvia en mi cara. Al llegar al tercero me dispuse a completar mi viaje y afrontar mis miedos. Llegué al andén y susurré: “¡El horror! ¡El horror!”.
Lo siguiente que recuerdo es cómo me adentré en las oscura vida de Manchester. En un nueva aventura en el viaje de la vida. Un viaje en soledad, a través de Gran Bretaña, para encontrarme a mí mismo. Un viaje que quizá no merezca ser relatado.